Tigersushi
Yes, Wizard
Official video for Yes Wizard’s Heaven Black released on Tigersushi.
Video shot (except for the 16mm found footage) and edited by Joakim.
Joakim – Forever Young
Jazz un día de verano: Bern Stern
El viento sopla
Jazz un día de verano (Jazz on a Summer’s Day, 1960) retrata el Festival de Jazz de Newport, en Rhode Island, en 1958. Fue dirigido por Bert Stern (fotógrafo de varias revistas de moda y quien adquirió fama tras tomar para Vogue las útimas fotografías de Marilyn Monroe antes de su muerte), escrito por Albert D’Annibale y editado por Aram Avakian. En aquellos días el productor de jazz en Columbia Records era también el director del Festival de Newport, lo cual facilitó la difusión del documental.
El film mezcla imágenes de la carrera de yates que suele celebrarse en esta época del año y escenas de la audiencia que asistió al festival en aquel momento. Entre los músicos que aparecen están Sal Salvador, Jimmy Giuffre, Thelonious Monk, Sonny Stitt, Anita O’Day, Dinah Washington, Gerry Mulligan, Chuck Berry, Louis Armstrong y Jack Teagarden.
Gilberte Dallas (1918 – 1960)
Los Soles
Por Orlando Echeverri
A la edad de 10 años quería buscar a su recién fallecida madre en la infinidad del océano: tomó un pequeño bote y se echó a mar abierto. Por poco se ahoga; por poco se ahogaría después en la profunda y turbulenta vida de poeta. Su padre era un joyero taciturno y severo, según lo describiera su madre. Murió de tuberculosis. Era poco lo que sabía de él. En realidad Gillberte H. Dallas no había conocido a su padre, o dicho de otro modo, no podía tener un recuerdo nítido de él porque éste murió cuando la poetiza tenía siete meses de nacida. Escribió y pintó. Pero sus pinturas son un misterio: el comerciante de arte a quien ella había encargado las perdió en un viaje por el Mediterráneo y nunca le dio respuesta o se molestó por recuperarlas. Dallas pasó gran parte de la Segunda Guerra Mundial en Suiza, acompañada por su prometido quien, a partir de los ataques de depresión continuos y cada vez más profundos decidió abandonarla. Se internó en un hospital psiquiátrico. Al salir trabajó una temporada como actriz en Mónaco y también en Niza. Al terminar la guerra viajó por los escombros humeantes de Europa y permaneció largo tiempo en Oceanía. Murió de cáncer, sola. Gilbert H. Dallas era una maldita.
Soles Negros
Los soles negros / Millones de soles negros / Giran en el cielo / Devoran el cielo / Se abaten sobre los pavimentos / Destripan las iglesias del Buen Dios / Destripan los hospitales / Destripan las estaciones / Como viscosas medusas / Destripan las aguas de los puertos / Crecen en las manos de los hombres / que tienen manos / Estrujan juguetes terribles / En manos de niños / Mil soles de apetitos insaciables / Mil soles de vértigo y dolor / Mil soles de desesperación y suicidio / Mil soles de muerte lenta y muerte rápida / Mil soles de Tierra Eterna / Mil soles de abnegación y negación / Mil soles de cero / Mil millones de soles de jamás / para siempre.
La Industria de Stratemeyer
Escritores Fantasmas
Por Orlando Echeverri
El autor norteamericano Edward Stratemeyer había tenido tanto éxito con su serie literaria Rover Boys, que concibió la creación de un sindicato para lograr mantener la demanda de sus libros. Tras evaluar minuciosamente la idea, decidió publicar en los diarios que necesitaba “jóvenes escritores con ambición”. A cada uno le pagaría 50 dólares por manuscrito (con plazo de entrega de un mes), aunque también podían llegar a ganar, de acuerdo con el volumen y la calidad, cerca de 200 billetes. Stratemayer revisaba cada texto completado y lo publicaba con uno de los seudónimos que previamente había registrado, entre ellos: Laura Lee Hope, Victor Appleton o Franklin Dixon.
Ya en 1901, Stratemeyer había escrito a su editor “el problema, que al mismo tiempo es mi ventaja, es que son muy reducidos los adultos capaces de llegar al corazón de un niño al momento de elegir un libro de su gusto”. El experimento funcionó más allá de las expectativas.
Se publicaron “Los Gemelos Bobbsey”, “Los Chicos Duros” y “Nancy Drew” entre otros. La suma total de libros ascendió a 1.300, cada uno de estos basado en su fórmula personal para trabajar argumentos juveniles de misterio y acción. De esa manera, antes de explotar a sus fantasmas, les daba claras instrucciones del tono de cada narración y argumento. La empresa comenzó a funcionar en 1910 y tras la muerte de Stratemeyer, su hija regentó el negocio hasta 1982, año en que murió y en que se habían vendido cerca de 2 millones de libros anuales. A pesar de que se esgrimieron numerosas críticas al sistema, lo cierto es que Stratemeyer creo el género de aventuras juvenil.
“Lo niños quieren héroes que hagan algo y carne real con sangre”, escribió en su diario dos años antes de morir.
Feodor Larrovitch
Había olvidado que no existía
Por Orlando Echeverri
Se llamaba Gustave Simonson y había irritado a William George Jordan durante mucho tiempo. Simonson solía ufanarse de saberlo todo acerca de la literatura rusa y, para Jordan, éste no era más que un mequetrefe soberbio y pedante con la única virtud de maldecir en griego antiguo. Ambos pertenecían al célebre Club de Autores de Nueva York y, un día, en 1917, Jordan decidió preguntarle a su insoportable camarada si había leído un magnífico libro titulado Vyodne, cuyo autor era el legendario escritor ruso Feodor Larrovitch. Simonson confesó no conocerlo. “No le diré a nadie, Gustave”, dijo el otro con saña, mientras fraguaba una broma canalla y meticulosa.
Al día siguiente inauguró el exclusivo Club de Lectura de Larrovitch, un escritor inexistente, cuya obra cúspide era, de igual modo, inexistente. Se le hizo una cena de honor, con lecturas de poemas y fragmentos de prosa ilusoria en torno a un retrato de quién sabe qué personaje anónimo que lo representaba. Simonson sólo pudo apreciar el acontecimiento con sorda resignación.
Jordan incluso logró convencer a los periodistas de los más importantes diarios de la ciudad para que alabaran al escritor ruso. Fueron publicadas extensos artículos e incluso fragmentos epistolares del autor. Los conspiradores no se detuvieron. En 1918, cuando Simonson ya poco importaba, Jordan y Richardson Watson, uno de sus cómplices, publicaron un libro titulado “Feodor Vladimir Larrovitch: apreciación de su vida y obra”. El libro incluía numerosos poemas y cartas, e incluso, al final un largo ensayo de Titus Munson Coan (un conspicuo miembro de los Misioneros Cristianos de América quien, entre otras cosas, pasó gran parte de su vida persiguiendo con una biblia bajo el brazo a los aborígenes en las islas de Hawai).
El libro, escrito en ciertas partes con un tono cursi y melindroso, no escatima en detalles de la personalidad de Larrovitch: en su niñez, delicado y amado por todos, fue educado por su madre, una mujer dulce y versada en literatura alemana y francesa. En la edad de adolescencia criticó duramente los dogmas de la iglesia y fue sentenciado a varios años de prisión en Siberia, donde “logró mantener la cordura pensando en quien sería su futura esposa”.
Romántico redomado, ya adulto, pasaba horas contemplando lagunas y escribiendo reflexiones, o pescando con amigos mientras “regalaba grandes trozos de sabiduría”. Vivía en una gran casa custodiada por un sirviente que dormía sobre una estera en frente de la puerta principal. Fue este hecho el que despertó en el autor el más desopilante y desatinado pensamiento: aquel hombrecillo pobre que le cuidaba era como el guardián de la democracia que en algún momento arribaría a su país desangrado. Los autores no dudaron en compararlo una y otra vez con Shakespeare o Napoleón: “se parece a ellos en cuanto a que, como los mencionados, ha tenido una vida de grandeza que ha sido siempre cuestionada”.
Sin embargo, la verdadera vida de Larrovitch sólo duró 15 años. En 1932, un escritor de deportes suizo, admirador reciente de aquel rarísimo autor ruso del que Norteamérica daba noticias, descubrió obvios errores en el nombre registrado en los documentos falsos. Publicó sus dudas. Estas hicieron eco en Nueva York y finalmente fue revelada la broma. Simonson montó en cólera cuando la noticia salió a luz y al hacer un vigoroso reclamo a Jordan, este respondió: “Había olvidado por completo que no existía”.
Para leer el libro onine (sólo en inglés):
Mark Twain
Camino a Londres
Por Orlando Echeverri
Después de un día en las carreras, en Inglaterra, un amigo de Mark Twain le dijo:
— Quisiera que me compraras un tiquete de vuelta a Londres. Estoy quebrado.
Twain le dijo que no podía costear los dos tiquetes, pero le propuso que se escabullera en el interior del furgón y se escondiera debajo de su asiento. Después, Twain compró dos tiquetes. Cuando el tren iba en camino, el inspector apareció en su compartimiento y el escritor le ofreció las dos entradas.
— ¿Dónde está el otro?
— Mi amigo — dijo señalando bajo el asiento — es un poco excéntrico.






