Había olvidado que no existía

La mano sideral
Por Orlando Echeverri
Se llamaba Gustave Simonson y había irritado a William George Jordan durante mucho tiempo. Simonson solía ufanarse de saberlo todo acerca de la literatura rusa y, para Jordan, éste no era más que un mequetrefe soberbio y pedante con la única virtud de maldecir en griego antiguo. Ambos pertenecían al célebre Club de Autores de Nueva York y, un día, en 1917, Jordan decidió preguntarle a su insoportable camarada si había leído un magnífico libro titulado Vyodne, cuyo autor era el legendario escritor ruso Feodor Larrovitch. Simonson confesó no conocerlo. “No le diré a nadie, Gustave”, dijo el otro con saña, mientras fraguaba una broma canalla y meticulosa.
Al día siguiente inauguró el exclusivo Club de Lectura de Larrovitch, un escritor inexistente, cuya obra cúspide era, de igual modo, inexistente. Se le hizo una cena de honor, con lecturas de poemas y fragmentos de prosa ilusoria en torno a un retrato de quién sabe qué personaje anónimo que lo representaba. Simonson sólo pudo apreciar el acontecimiento con sorda resignación.
Jordan incluso logró convencer a los periodistas de los más importantes diarios de la ciudad para que alabaran al escritor ruso. Fueron publicadas extensos artículos e incluso fragmentos epistolares del autor. Los conspiradores no se detuvieron. En 1918, cuando Simonson ya poco importaba, Jordan y Richardson Watson, uno de sus cómplices, publicaron un libro titulado “Feodor Vladimir Larrovitch: apreciación de su vida y obra”. El libro incluía numerosos poemas y cartas, e incluso, al final un largo ensayo de Titus Munson Coan (un conspicuo miembro de los Misioneros Cristianos de América quien, entre otras cosas, pasó gran parte de su vida persiguiendo con una biblia bajo el brazo a los aborígenes en las islas de Hawai).
El libro, escrito en ciertas partes con un tono cursi y melindroso, no escatima en detalles de la personalidad de Larrovitch: en su niñez, delicado y amado por todos, fue educado por su madre, una mujer dulce y versada en literatura alemana y francesa. En la edad de adolescencia criticó duramente los dogmas de la iglesia y fue sentenciado a varios años de prisión en Siberia, donde “logró mantener la cordura pensando en quien sería su futura esposa”.
Romántico redomado, ya adulto, pasaba horas contemplando lagunas y escribiendo reflexiones, o pescando con amigos mientras “regalaba grandes trozos de sabiduría”. Vivía en una gran casa custodiada por un sirviente que dormía sobre una estera en frente de la puerta principal. Fue este hecho el que despertó en el autor el más desopilante y desatinado pensamiento: aquel hombrecillo pobre que le cuidaba era como el guardián de la democracia que en algún momento arribaría a su país desangrado. Los autores no dudaron en compararlo una y otra vez con Shakespeare o Napoleón: “se parece a ellos en cuanto a que, como los mencionados, ha tenido una vida de grandeza que ha sido siempre cuestionada”.
Sin embargo, la verdadera vida de Larrovitch sólo duró 15 años. En 1932, un escritor de deportes suizo, admirador reciente de aquel rarísimo autor ruso del que Norteamérica daba noticias, descubrió obvios errores en el nombre registrado en los documentos falsos. Publicó sus dudas. Estas hicieron eco en Nueva York y finalmente fue revelada la broma. Simonson montó en cólera cuando la noticia salió a luz y al hacer un vigoroso reclamo a Jordan, este respondió: “Había olvidado por completo que no existía”.
Para leer el libro onine (sólo en inglés):
Fedor Larrovich: apreciación de su vida y obra