Archivo mensual: noviembre 2010

Erik Satie

La última frase del pianista

 

Por: Orlando Echeverri

Adán y Eva (Suzanne Valadon y André Utte)

Se llamaba Suzanne Valadon. Todos los viernes alimentaba con caviar a sus gatos  y solía caminar por las calles de París con un puñado de zanahorias y una cabra que, según ella, se comía los dibujos que descartaba. Antes de convertirse en pintora impresionista, con quince años, fue acróbata; luego modeló para los más importantes pintores del momento, entre ellos Edgar Degas,  Pierre-Auguste Renoir y Henri de Toulouse-Lautrec. Este último, quien la veía a menudo en los bares de mala muerte de Montmartre, pintó su retrato y lo tituló “La bebedora”. No menos excéntrico fue su primer amor, el pianista Erik Satie. La primera noche que salieron éste quedó abrumado por su belleza y conversación, y a la mañana siguiente le propuso matrimonio. Pronto Valadon se mudó a una habitación cercana a la de Satie en la Rue Cortot. Satie se obsesionó con ella, llamándola «mi Biquí», y escribiendo notas apasionadas acerca de «su ser completo, ojos encantadores, gentiles manos y pequeños pies». Valadon pintó el retrato de Satie y se lo dio, pero seis meses después ella volvió a mudarse.  Al terminar la relación Satie compuso sus Danses Gothiques, a modo de oración para hacer regresar la paz a su mente.   Tras el distanciamiento con Satie, Suzanne se casó con un corredor de bolsa,  Paul Moussis. El matrimonio duró 13 años, y con 44 años de edad, Suzanne se divorció de él para establecer la que sería su última relación sentimental, con André Utter, un pintor con quien desposó ante la sombra de la Primera Guerra Mundial.  Le llamaba el hombre “tan hermoso como un dios” y pasó a convertirse en su mayor inspiración.  Gracias a las conexiones de Valadon, Utter se hizo un nombre como pintor y llegó a convertirse en el ilustrador para Théâtre à lire,  de Oscar Wilde, en 1925.

Saite, por Suzanne Valadon

Nunca más volvió a ver a Satie y éste nunca la olvidó. Nunca pudo hacerlo. De hecho, Satie nunca más volvió a relacionarse con otra mujer. Se confinó en su habitación atiborrada con una colección de cien paraguas, algunos aparentemente jamás usados. Cuando murió sus amigos entraron a la habitación y encontraron, además de la colección, aquel retrato que su único amor le había hecho. También estaban las cartas que se enviaban, sus dibujos de corte medieval de los que solía hablarle en los paseos etílicos y trasnochados. Uno de sus amigos encontró un pequeño cuaderno que utilizaba como diario, en el que estaba escrito que sin Suzzane, todo lo demás era en su vida una fría soledad que llenaba la cabeza de vacío y el corazón de pena”.

 

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