Fragmento

Ópera
Próximamente un corto hecho a la antigua sobre este extracto de “El periodista de La Barracuda”.
Por: Orlando Echeverri.
29 de marzo: Encuentro con Lin Wei.
Habíamos bebido hasta la madrugada y encontrado una colección de ópera rusa
debajo de la cama. En un tocadiscos escuchamos decenas de veces El himno a la luna y
Señor, has que conozca mi fin, de Dymitry Brotnyansky. También escuchamos dos discos
de un tal Vladimir Pasuikov. Mara se subió a la mesa de la sala y bailó mientras Reinaldo y
yo la aplaudíamos efusivamente. A las tres de la mañana enviaron un niño a nuestra puerta
para que nos calláramos y antes de que se marchara Reinaldo le entregó un puñado de
croquetas para gato diciéndole que se trataba de galletas recién horneadas. Debimos
silenciar todo cuando la madre del niño bajó a insultarnos. Reinaldo se arrodilló e intentó
besarle los pies para que no llamara a la policía.
En la mañana los dos se fueron del apartamento sin mencionar nada de la noche
anterior. Parecían avergonzados, estropeados. Tampoco yo me sentía bien conmigo mismo.
Con la certeza de que me vería obligado a declararle a Estanislao que mi trabajo había sido
un rotundo fracaso, comencé a recoger mis pocas pertenencias distribuidas por el
apartamento. Entonces sonó el teléfono.
—¿Quién es?— dije herido mortalmente por el dolor de cabeza.
—¿Más bien quién es usted?— dijo una voz femenina.
— Es difícil de explicar si no sé antes con quién tengo el gusto— dije.
—Lo que quiero saber es qué hace ahí metido.
—Trabajo para La Barracuda. Conocía a Garner. Una cosa llevó a la otra, etc., etc.
—No entiendo. ¿Qué tiene de importante para ese horrendo periódico que Garner haya
muerto?
—Nada. Créame. Por eso me lo he tomado como algo personal. ¿Con quién tengo el
placer de hablar?
—Con Lin Wei— dijo.
Arrojé al suelo un par de calzoncillos sucios y escupí un cigarrillo apagado.
—La estuve buscando en su restaurante hace unos días— dije.
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—Sí, lo sé. Pero no me queda claro por qué me busca ni por qué según su recado debía
llamarlo al apartamento de Garner.
—¿Pero a quién debería pedirle permiso para estar aquí?
Wei permaneció en silencio un instante. A lo lejos podían escucharse trastos metálicos
entrechocando.
—Me gustaría conversar con usted— repuse. Entonces apareció nuevamente su voz,
desde lo lejos, como si hubiera apartado la bocina del teléfono para ocultar su
respiración.
—¿Y eso para qué?
—Le dije que conocía a Garner y quisiera hablar sobre todo lo que ha ocurrido.
—Sólo hablaría con usted si me promete no publicar nada. Me da vergüenza que algo
sobre Garner salga en ese diario.
—Pedirle eso a un periodista es un acto de ingenuidad, Wei. De todas formas, le aclaro
que el diario decidió no publicar nada más sobre Garner.
Wei pareció complacida con la noticia y acordamos encontrarnos en su restaurante
dos días después. Más tarde, cuando me disponía a salir hacia el periódico, llamó
nuevamente la dueña del apartamento. Le expliqué que Garner había estirado la pata.
—¿De qué habla?— dijo, confundida e indignada.
—Se pegó un tiro y ahora mismo está navegando quién sabe dónde.
—¿Cómo es que está navegando?
—No han encontrado su cuerpo. Vea el diario de hace unos días. Ahí explican, señora.
—¿Y las paredes están bien?— dijo— ¿Las pintó como habíamos quedado?
—Las paredes están bien, y las ventanas y también las cucarachas.
Notablemente molesta, la mujer me dijo que tenía una semana para recoger las
pertenencias de Garner. Pensaba arrendar el apartamento cuanto antes. Agregó que era un
patán y que iba a botar a la basura todo lo que dejara. Le agradecí atentamente y antes de
salir acaricié a Smog un rato. Comencé a preguntarme si debía llevarlo conmigo de una
buena vez. Después de todo, si iba a hacerme cargo de él tendría que sacarlo de allí antes
que vaciaran el apartamento. Pasé por alto cómo lo iba a tomar Wei cuando se enterara,
aunque deduje que si realmente le interesaba el gato, ya habría ido por él.
Fui por una maleta para meter al animal y trasladarlo en bus hacia mi casa. Encontré
una mochila pequeña y vieja en el armario y calculé que Smog cabría si lograba
acomodarlo boca arriba. Con un cuchillo abrí varios agujeros por donde pudiera entrar el
aire. Meterlo fue un lío pero finalmente lo logré. Cuando iba en el bus los demás pasajeros
comenzaron a dar señales de incomodidad y miedo. Smog aullaba y se revolvía dentro de la
maleta. ¿Qué tiene allí? ¿No le da vergüenza? ¡Lo está matando! Llegué a mi apartamento
y, al soltarlo, corrió desorientado de un lado a otro, pero al cabo de un tiempo comenzó a
explorar su nuevo hogar como si estuviera dispuesto a acostumbrarse.
En la noche, el encuentro entre Mara y Smog fue extraño y apasionado. Mientras
ella lo tenía en sus brazos, el gato lamía compulsivamente sus dedos. A mí, sin embargo,
apenas me determinaba. Cuando nos acostamos a dormir, Smog se echó sensualmente junto
a ella y hundió el hocico en su axila. Mara repasaba una de sus manos a lo largo de su
cuerpo. Cuando se quedó dormida volví al apartamento de Garner. Una vez allí escuché el
teléfono timbrar una y otra vez. Debía de ser Mara. No contesté. ¿Cómo podía
explicárselo?
Por Orlando Echeverri.