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Fragmentos

Cuando mate tu risa (fragmento)

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Por Orlando Echeverri.

Durante el trayecto en el taxi Camacho habló sobre un tumor: el hamartoma hipotalámico: un tumor benigno, sonriente, asintomático, fiestero, epiléptico, borrachín, gelástico, depravado. Presiona el hipotálamo y provoca risas compulsivas. El paciente puede estar dormido y despertar de una carcajada; puede estar cagando granadas de fragmentación y soltar su bella risa tornasolada. Un tumor celoso, que aísla a su portador, que lo encierra en la casa y le cuenta graciosas y secretas anécdotas sicalípticas.

Camacho había conocido a un paciente con este tumor, extraño, por lo demás. Un colega suyo, un neurocirujano reputado, — y esto es mejor que no se lo cuentes a nadie, con un singular apetito sexual por las yeguas —. Lo había llamado a su consultorio, el neurocirujano, para mostrarle las radiografías. Ambos celebraron: el primer caso descubierto en la ciudad. Se trataba de un niño  de apenas 11 años. La comisura de su boca se desviaba hacia la derecha como si sonriera y al mismo tiempo se oía una carcajada con una duración de 15 a 20 segundos. Una carcajada que no era la suya sino la de un animal escondido en el bosque intrincado y profundo de sus entrañas nebulosas.

El taxista puso a sonar música cristiana y el chico mudo me miraba como si deseara un beso. No logré sugestionar a Camacho de que pagara el taxi. El trayecto había tardado casi cuarenta y cinco minutos y el cabrón aseguró no tener suficiente cambio para poner mi parte. Debí usar todo mi  dinero.

Cuando llegamos a la casa del doctor García, anfitrión de la fiesta, ginecólogo con tres procesos en la fiscalía, ya todo el mundo estaba entonado. La fiesta era en un patio grande, protegido por muros pintados con cal que tenían pedazos de botellas rotas sobre el borde. García estaba echado en una silla, con su enorme barriga a punto de reventar los botones de la camisa. Junto a él había una especie de filtración de agua que repiqueteaba sobre un montículo de madera.  García repetía cada cinco minutos por qué carajo la gente estaba aplaudiendo. No lo saludé. Lo evité.

Atravesé dos parejas que bailaban y un tendedero con sábanas blancas. Busqué el baño. Entré. Clavado en los baldosines verdes de la pared, encima del retrete, había un crucifijo. Meé ante la atenta y dolorosa mirada del Señor. Cuando salí encontré lo que secretamente inquiría. Vicky aguardaba ahí. Me sentí inseguro, solo, extremadamente sobrio.  Se acercó a mí dando tumbos, con los ojos abotagados y una sonrisa insolente y pesada que parecía despegarle el pellejo de la cara. Mis manos comenzaron a sudar.

—   ¿Qué haces por acá? — dijo meciéndose de adelante hacia atrás, con el vaso en la mano.

No estaba invitado formalmente. No era médico. Ni siquiera enfermero. No podía salvar la vida de nadie. Sólo limpiaba manchas de sangre y vómito en los gélidos corredores del hospital. La miré. Le quité el vaso con un movimiento de rayo. Bebí. Sabía a whisky mezclado con ron y agua y saliva y lápiz labial y jugo de tumores funestos. Entonces estalló en una carcajada. Rió hacia las estrellas y la luna escabrosa. Me pidió que le sostuviera el bolso. Después se fue a buscar otro vaso. Se sirvió. La vi en la distancia, zigzagueante, indómita, sucia. Totalmente hermosa. Luego apareció Camacho. Venía acompañado.

—   Este es el doctor Pan — dijo con los ojos llorosos y su vaso de ron-whisky casi cortado en dos por la presión de sus dedos—, le hablé de él en el taxi.

El doctor Pan era una figurilla diminuta, enjuta, el rostro rugoso y el labio inferior inflamado y rojo como una salchicha. Me incliné para saludarlo.

—   ¿Cuál es su especialidad? — dijo.

—   Bueno, los abortos, principalmente.

Pan miró a Camacho. Camacho se empezó a reír varios segundos después como un juguete al que se le ha dado poca cuerda. El chico mudo me miraba desde un recoveco del patio con su sonrisa lobotomizada. Entonces abrí la cartera de Vicky. Encontré dinero y cigarrillos. Saqué suficiente dinero para marcharme.

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