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Morgue

Gottfried Benn y la Muerte

Por Orlando Echeverri B.

Antes de graduarse como médico ginecólogo, especialista en enfermedades venéreas y de la piel, Gottfried Benn había estudiado teología luterana en la Universidad de Marburg. Al cabo de un tiempo decidió retirarse y estudiar medicina en la Escuela Médica Militar de la misma ciudad, y bastaron algunos años para que debiera probarse a sí mismo en la Primera Guerra Mundial. Su primer libro, Morgue y otros poemas, escrito cuando tenía 26 años,  vendió 500 ejemplares antes de que se cumpliera una semana.  Aquel primer libro le granjeó una reputación de provocador y pronto sus poemas fueron prohibidos en toda Alemania.

En realidad, Morgue no fue la primera expresión de lo macabro y grotesco en la literatura europea. Basta recordar antecedentes como La Charogne de Baudelaire, el poema “Morgue” de Rilke o El Día Eterno de Georg Heym. Todos estos exponían una visión pesimista y oscura y ponían en duda esa imagen ideal del ser humano. Anteponían la muerte a la vida, como si, a través de ésta, pudiera tenerse un ángulo privilegiado para estudiar la existencia.

Suele compararse su experiencia en pabellones atiborrados de  enfermos y mutilados con la de Georg Trakl, a quien la pólvora, los heridos de guerra (fue oficial médico en la batalla de Grodek), una terrible depresión y la cocaína indujeron al suicidio. Muchos críticos, entre ellos José Manuel Arango, suelen recurrir a William Carlos William para establecer un punto de comparación de contrarios. Ambos eran médicos y fueron importantes poetas mayores de la primera mitad del siglo XX. Pero mientras el segundo se ganaba la vida visitando casas de familias campesinas, el poeta alemán vivía entre los muertos y las enfermedades de transmisión sexual. Sus estilos eran radicalmente diferentes. El alemán  exhibía en sus poemas la relación entre lo grotesco y lo bello, mientras que los poemas del norteamericano estaban imbuidos de color local y alegría.

Estos son los tres primeros poemas del libro:

PEQUEÑO ÁSTER

El cadáver del conductor
de un camión de cerveza
fue alzado sobre la camilla.
Alguien le había colocado entre los dientes
una pequeña flor
oscura — clara — lila.
Cuando le saqué el paladar y la lengua
desde el pecho
con un largo cuchillo
debajo de la piel
he debido rozarla
porque la flor se deslizó
hacia el cerebro vecino.
La guardé en el tórax
entre el aserrín
cuando lo cosían.
¡Bebe hasta la saciedad en tu florero!
¡Descansa en paz,
pequeño áster!

CIRCULACIÓN

La solitaria muela de una puta
una muerta sin nombre
llevaba una corona de oro.
Las demás se habían desprendido
como por un secreto acuerdo.
Ésta la extrajo el sepulturero para sí.
Porque, decía,
sólo la tierra debe volver a la tierra.

HERMOSA JUVENTUD

La boca de una niña que había estado mucho tiempo entre los juncos
parecía tan carcomida.
Cuando le quebraron el pecho, el esófago estaba tan agujereado.
Por fin, en una pérgola bajo el diafragma
hallaron un nido de pequeñas ratas.
Una hermanita yacía muerta.
Las otras se alimentaban del hígado y del riñón,
bebían la sangre fría y pasaron aquí
una hermosa juventud.
Y hermosa y rápida las sorprendió la muerte:
a todas las lanzaron al agua.
¡Ay, cómo chillaban los pequeños hocicos!

 

Traducción del alemán: Verónica Jaffé

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William Blake

Una cuestión de carácter

El Fantasma de la Pulga' (William Blake, 1757-1827)

Por  Orlando Echeverri B.

La ventana estaba abierta y Allen Ginsberg se había recostado en el mullido sofá de su apartamento en Harlem. La brisa era escaza. El calor, apabullante. Era el verano de 1984, según los tabloides de la época, uno de los peores que había sufrido la ciudad de Nueva York en la última década. Ginsberg tenía entonces 26 años y estaba leyendo Los Cantares de la Inocencia / Experiencia, de William Blake. Interrumpía la lectura de cada poema para rumiarlo, mientras el polvo iluminado por el sol formaba caprichosos remolinos  en el aire. Dice (y debería tenerse en cuenta que lo dice un beatnik), que antes de terminar el libro, Blake se le apareció en frente con una expresión severa  y comenzó a increparlo. Ya fuera una epifanía o un ácido duro, Ginsberg contaría después a su familia que se había encontrado con Dios. El hecho de que Ginsberg hubiera dicho que Blake lo reprendía tiene insólita coincidencia con dos datos que los biógrafos del segundo mencionan a menudo: el primero, que el poeta inglés no tenía un temperamento fácil. Algunos lo atribuyen al hecho de que se formó intelectualmente solo — era un autodidacta, con un carácter serio y en ocasiones cerrado e incuestionable. Desde su juventud había alimentado un sueño de fama que, con el tiempo, se redujo a la necesidad de un simple y justo reconocimiento de su trabajo. Ninguno de los dos anhelos, por supuesto, se cumplió en vida. Sus allegados dijeron que durante los últimos años vivió presa de una depresión profunda y que decidió morir en silencio. Es curioso que en un verano lejano,  exactamente 181 años antes de la mística experiencia de Ginsberg,  en 1803, Blake  fuera acusado de alta traición en el Tribunal de Chichester debido a que había reprendido con un  “hijo de puta” a un soldado que orinaba en su jardín. Dicen otros biógrafos que aquella experiencia formaría otro cambio en su carácter; dicen que se le veía atemorizado y que desde entonces nunca más escribió un poema de corte político.


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