1966 /
Denis Johnson
Por: Denis Johnson.
Traducción: Orlando Echeverri.
La partida de Bill Houston de la Costa de Honolulu comenzó con la alarma matutina del barco, muy temprano para un hombre que tiene dinero que gastar: encima de todo, la Marina de Guerra deseaba negarle la vida nocturna. Tomó un bus en la estación naval; atravesó los campos abiertos de la Fuerza Aérea; cruzó la ciudad en dirección a la playa Waikiki; desanimado, se puso a vagabundear entre enormes hoteles; se sentó en la arena con su Levi´s, su salvaje camiseta hawaiana y sus zapatos inmaculados — suela de goma roja y un centavo de dólar en la lengüeta —; comió cerdo asado a la parrilla en un pincho de madera; tomó un bus de la ciudad hacia la calle Richard, reservó una cama en la Fuerzas Armadas de Y.M.C.A, y cuando atardecía decidió beber en alguna de las barras que había en la costa.
Probó un lugar con aire acondicionado al que asistían los oficiales más jóvenes. Se sentó solo a una mesa, fumó sus Lucky Strikes y bebió una cerveza cuya marca también era Lucky. Era imposible no sentirse con suerte. Cuando consiguió suficiente cambio, llamó a casa y conversó con su hermano James. Aquella conversación sólo logró deprimirlo. Su hermano James era un completo imbécil: también iba a terminar enrolado en el Ejército. Eso era seguro. Decidió dar un paseo por la costa; la cerveza hacía un ruido sordo en su cabeza y sintió como si alguien tirara de su corazón. A las tres de la tarde el pavimento de Honolulu estaba tan caliente que podía oler la suela quemada de sus zapatos.
Se escondió en el Gran Club de Surf, negociando las rondas de cerveza con dos hombres ligeramente mayores que él, uno de ellos llamado Kinney, quien recientemente se había unido a la tripulación del buque Houston – el transbordador de U.S.N.S. Bonners, un petrolero del T2 en el que básicamente trabajaban civiles. Kinney era uno de ellos. Lo cierto es que Kinney subió a bordo no para darse un paseíto en crucero a través del trópico. Ya con antelación había servido en la marina de guerra; había pasado de una embarcación a otra y no tenía ningún hogar verdadero en la tierra. Esa tarde, Kinney se había pegado al segundo hombre, un vagabundo descalzo en la playa que parecía estar elevado con algo. El vagabundo pagó dos jarras de cerveza en una ronda y eventualmente reveló que había servido en Vietnam, en la brigada tercera de la infantería, antes de que lo mandaran de vuelta a casa dándole súbitamente de baja.
— Así es, conseguí un médico — dijo el vagabundo — ¿Y por qué? ¿Por qué razón?… bueno, porque estoy mentalmente jodido. Ustedes en cambio se ven bastante bien.
— También tú te verías así si invitaras más cerveza — dijo Kinney.
— No hay ningún problema, verás, estoy incapacitado: dos cuarenta y dos al mes. Puedo beber una cantidad seria de Hamm´s, y si duermo en la playa como un moke, puedo comer lo que comen los jodidos mokes.
— ¿Y qué comen los mokes? ¿Quiénes son esos mokes?
— Por acá están los mokes y los howlies. Nosotros somos los howlies. Los mokes son esos isleños de mierda. ¿Que qué comen? Comen ostras. Y bueno, también hay japoneses y chinos, pero probablemente ya lo habrás notado. Ellos encajan en la categoría de gook. Ya sabes, ¿por qué huele tan horrible la comida gook? Pues porque ellos fritan ratas y cucarachas y toda esa basura y luego lo mezclan con arroz. A ellos les importa un comino. Si les preguntas qué coño es lo que huele tan mal ellos no pueden entenderlo pues ni siquiera son capaces de percibir la pestilencia. Si, hermano, yo he visto cosas. Las he visto — dijo y repentinamente se encendió —: ¡Mira allá! Los gooks utilizan esos sombrerillos puntiagudos, son divertidos. Pero probablemente también lo has visto, hermano. Las mujeres que montan en bicicleta también usan estos sombreros, atados al cuello con una cuerda. Les agarras el sombrero mientras están pedaleando y entonces les arrancas la cabeza porque la cuerda está tensa. La arrancas de la bicicleta, hermano, y luego ella se jode y cae en el fango. Vi una vez a esta chica, hermano, con la nuca destrozada. Estaba muerta.
— ¿Qué dices? ¿Dónde? —dijo Bill Houston completamente confundido.
— ¿Dónde?, pues en Vietnam del Sur, hermano. En Bien Hoa. Justo en la mitad de la ciudad.
— Todo está jodido, hermano — dijo Bill.
— Sí, todo lo está, sobre todo cuando uno de sus dulzuras te pone una granada en el regazo sólo porque dejaste que una de ellas se sitúe a tu lado en el camino. Ellas saben las reglas. Ellas saben que hay que mantener la distancia. Si alguien se te acerca mucho, es porque probablemente tiene una granada.
Houston y Kinney permanecieron en silencio. No tenían nada comparable que contar. El tipo tomó su cerveza. Por un momento estuvieron a punto de dormirse. Continuaban en silencio hasta que el vagabundo dijo, como si respondiera algo:
— Y eso no es nada…, he visto cosas.
— Bueno, vamos a ver más cerveza — dijo Kinney— ¿No te toca pagar una ronda?
El vago no parecía recordar quién compró qué. Mantuvo las jarras circulando.
*
(Primera parte del texto, publicado en la revista The New Yorker el 11 de junio de 2007).




